miércoles, 13 de mayo de 2009

La razón de ser, los fantasmas de Pessoa.

Arianna Bañuelos
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La imaginación de un sueño; la Calle de los Doradores de Pessoa; el deseo de desasosiego por un hombre que aparentó la imitación (atribuida o simulada) para cualquiera de los siguientes heterónimos: Bernardo Soares, Alberto Cairo o Ricardo Reis. La abulia absoluta en su manuscrito, “Libro del desasosiego” como obra propia u ortónima. Creación poética, vista tantas veces en el mundo de las letras como panorama público de lo que sucedió en otros tiempos; hermetismo sosegado, sacado a luz después de un lastre de lo que nunca fue. Cada una de estas posibilidades, dan cuenta del descubrimiento de un nuevo género, a cuyo legado, el co-editor Ángel Crespo, atribuye el neologismo: “paulismo”: “un ismo pessoano de carácter decadentista que pronto dejaría de interesar a su inventor” (Seix Barral, 2008 p.3)

Escribe Pessoa, “soy un fragmento de mí conservado en un museo abandonado”. Transcrito que a partir de hoy, conviene observar desde el punto de vista del anonimato. El Libro del Desasosiego reclama en broma lo correspondiente a una personalidad figurada; un yo instintivo que corresponde a un lector virtual, construido también en la penumbra de los siglos[1]. Esta mencionada coincidencia; un diario en la otrora casual, junto a un lector de procedencia anónima, conjura todas las dificultades de la edición: el reencuentro; más bien, descubrimiento fingido a una biografía anterior, lograda por Pessoa a través de su poesía publicada.

Inmediatamente salta a la vista una contradicción. ¿Quién es Pessoa a propósito de una lectura posterior anónima?: la opinión de todos, ya por más socavada: un clásico en la materialidad de las circunstancias (Pessoa como autor intelectual) o, la ordenación insegura vista desde la desnudez prosaica; el diferencial de cualidad innovadora; improvisación que surge en la casualidad irremediable, pesar de todas las letras: “esté donde esté, recordaré con nostalgia al patrón Vasques, a la oficina de la Calle de los Doradores, y la monotonía de la vida cotidiana será para mí por el recuerdo de los amores que no tuve, o de los triunfos que no habrían de ser míos” (p. 28).

¿Qué conforma la escrupulosa insignia de una segunda lectura pessoana; paréntesis que ha de ser traducida sigilosamente entre el sueño y la vigilia de su autoría: la Calle de los Doradores; sinónimo muchas veces de un juego solitario, lenguaje que no puede atribuirse a la figura pública o coartada incidental; Pessoa real de principios del siglo XX? Más bien, sucede todo lo contrario. El lenguaje del secreto y la insolación de los paisajes incomunicables (traducibles hasta hoy), tienen un doble propósito: alejarnos del oficio de un escrito, hecho meramente perceptual y engrandecido como memoria colectiva. Para que después, cuando hubiese sido borrada la condición falible de lo sociológico, nos diéramos la oportunidad de inclinarnos a una lectura primordialmente desnuda, destinada a la admiración sin máscaras. En los hechos, esta versión ofrece una visión con expresión íntima, en el ambiente cultural del libro.

En el trecho inicial de la obra se puede leer, “he nacido en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes habían perdido la creencia de Dios. Después agrega, (…)”sin saber por qué” (p. 21) La justificación decadentista al contexto autobiográfico: “Desassossego”: privación de calma o quietud; sinónimo de cualquier renuncia en el modo y contemplación del espíritu humano; devela una distancia y abstracción del hombre con el cosmos, situación que de haberse publicado en aquella época, hubiera revelado una angustia moral, arrastrando con ello, un mundo desprovisto de apoyo a la discusión de los problemas religiosos, y al mismo tiempo, la victimización al ser personal. La solución inmediata de Pessoa frente a esta situación, lo llevó a la continua recurrencia y/o necesidad del heterónimo, para hacer frente a lo simulado, el uso de la razón.

Ebrio de algo dudoso; cántico lento a sus ojos; la sensación con propósito se nos presenta hoy sin ataduras. La Calle de los Doradores es un regalo: “La oficina de la Calle de los Doradores representa para mí la Vida, este segundo piso mío, donde vivo (…) representa para mí el Arte” (p. 28) Siendo esto verdad, la metáfora en el trono de lo conocido, es un sitio que regresa al sosiego y escudriña todas las reglas de la vida. El momento de presente lectura, a través de “Desasosiego” es un regresar a los anhelos de Pessoa; el llegar a ser, su verdadera escritura: “Si yo tuviese el mundo en la mano, lo cambiaría, estoy seguro, por un billete para (la) Calle de los Doradores” (p. 28)

Es difícil distinguir lo simulado y lo real en el presente contexto. Enigmas como tal, debieron haberse escrito, con propósito de aliviar y tranquilizar el des-orden moral, des-asosiego; conceptos en aquella época indescifrables; paulismos en leyendas y mitos decadentistas. Es mucho más visible, la voz de lo desconocido en gran parte de los heterónimos; porque al volver a ellos, nos recuerdan la vida y el alma que sientan sobre el universo de Pessoa; lo que será antes y después que él; la existencia vívida en la cotidianidad de cualquier calle, en cualquier ciudad.




Referencia
Pessoa F,2008. Libro de Desasosiego de Bernardo Soares, Seix Barral, Barcelona.


[1] La primera edición del manuscrito: “El Libro del Desasosiego”, no sale a la luz sino hasta 1984

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