jueves, 1 de mayo de 2008

en cours d'eau

Qué tal si vamos...
al sendero lumbral
e inquietante duda; dejando
salpicar cada una a sus muertos.

Yo obedezco
fielmente a tus designios.
Me corresponde ser la flor
desenterrada hace tanto
de tu infierno.
Mi único grito…
mi desesperado huir...

Me desgarro a cada paso
donde ni siquiera
he caminado.

Me siento desentrañada
habiendo imaginado tanto.
Me he cansado por llorar
los cuándos, los por qué’s
de tu silencio.


Hay que cortar las manos,
encerrar una palabra que suprima
a la otra.
Dibujar un cuento…

(Cuando duermes oyes)…

el tranvía, el muerto
sobre tu duerme-vela.
¡Hemos de venir!
¡Hay que despertarse
soplando el cielo!

Sólo así verás el mar abierto…

¿Qué dices si quito
la vaina de tu espalda;
deshago las fuerzas
del cristal y olvido tu discurso
a lo largo de un relato innecesario?

Y a menudo, la tierra nos juega en vida.
mi edad tiende al límite de la memoria
cuando tus ojos me contemplan
para explotar el fondo de las aguas.

1 comentario:

Ka dijo...

El agua tiene sus razones para la encrucijada: “Cada manera de llover ha acobardado a los rizos”. No hay espirales sino la cadencia de las gotas.
Tal vez siempre hubo suficientes manos para desbaratar mariposas. Tal vez siempre hubo dedos succionando el líquido disimulado de nuestro secreto.
Siempre sí nos plisamos en una espiral. Siempre sí reflejamos la luz.
Nuestras alas no sugieren ojos. (Aún no sé si alguna vez fuimos la fragilidad de una membrana).
Tengo una urgencia de larvas, lenguas enrolladas alimentándose de mi intuición. Aún no rompo la crisálida ( y puede que sea tarde para la metamorfosis).
“Tengo menos sueños”.
Los dedos para nombrar el tránsito de la lluvia no hacen las manos necesarias. Esas manos aguardan en la atarjea para enmarañar a los rizos.
Hemos llovido hasta empañar ventanas, apenas chispeando entre los cirros y la banqueta. Nunca hemos sido tromba, volutas alcanzando el suelo, estragos termales: Hay que inundarnos.
Apenas observamos el viento entre los árboles: me hice de piedra. No tuve rostro. “Es la antigüedad”, te dije y me diste la espalda. Nadie inventó la arandela entre los grises edificios que resguardaron los rizos de esa irritante noche.
–No quiero regresar a la tierra–, dijo Ella desde la rambla.
No he desenterrado esas tumbas, solamente las flores muertas que se pulverizan con las lágrimas.
Todas las entrañas desembocan en el mar abierto.
“No tienes que confiar en mí”.
“Somos deriva, seres salobres”.
Tú no sabes lo que podemos creer…pero hay una razón (distinta a la escama) para habitarte en el agua.